Tengo guardados en un tarrito apartado, los momentos que jamas vivimos. Las caricias y besos que, sin quererlo, iban y venían en silencio y al parecer, mucho hablar, pero poco demostraste querer. Aquellos instantes que quise que fueran de los dos y, que, siempre eran lo que nos separaba. La línea invisible y tensa por la que caminábamos de la mano, cayéndonos a cada instante. Todo era igual excepto la fuerza con la que aprendíamos a levantarnos. Cada vez que tropezábamos, vacilábamos o , simplemente, jugábamos, caíamos y nos hacíamos daño. El daño era más a medida que mi calendario se quedaba sin hojas. Entonces, un día decidimos fijarnos bien en los detalles. Asimilar por qué lo hacíamos mal... porque siempre resbalaba uno e íbamos los dos de cabeza al suelo. Conseguimos no caernos al suelo y si caía uno, que, al menos, no fuésemos los dos. Si podía salvarse uno, bien salvado está. No hay necesidad de que se mueran dos personas si puede evitarse. Decidimos soltarnos la mano, así pues, cuando a él le apetecía correr imprudentemente y caía, ya no lo hacía yo; y cuando a mí me daba por bailar sobre un pie, él no tenía por qué seguir mi ritmo. Por último y no menos importante, tiene cosidos algunos adornos. Tal vez, algún que otro bostezo que escapaba de mi boca cada noche eterna en la que lo único que buscaba era saber de ti. Los silencios que has creado y mantenido con la enorme sorpresa de un adiós son el reborde del cierre.
Mientras me pierdo entre las sábanas y la oscura noche, en el limbo entre la pena y la soberbia, recuerdo con sutileza lo que nunca llegué a decir, lo que siempre quise contar y lo que solía soñar mientras te imaginaba. Aquellas palabras que no quisieron volar, sin saber bien el porqué. Dejamos todo un mundo a mitad de camino. Un mundo que jamás volverá y que terminará donde acaba todo, en ninguna parte. Pero se va, como todo. No pretendo que espere nada por mí, pero no estaría de más que el tiempo tuviera una serie de pestañitas que indicaran por dónde va nuestro tiempo. Todo ello empapado con algunas gotas de cariño, ternura o incluso amor.
Acompañando al tarrito, en alguna nota inocente y descuidada, se pueden ver contados uno por uno todos los días que el tiempo no me dejó estar junto a ti; y además, en cada día preciso está remarcado el acontecimiento que quisimos vivir en cualquier lugar.
Noche tras noche, le regalo algún que otro beso más al tarrito y mi último pensamiento antes de dormir.
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