martes, 13 de noviembre de 2012

En la cima de la más alta torre

Ahora todo es inútil. El pasado, el presente y el futuro. Al menos en el caso que nos concierne a los dos. En teoría, todos deberíamos tener algo o alguien que nos guiara por el camino que es debido, vetándonos aquellos otros que llevan a finales más oscuros que los que habría en el caso de haber cogido el "buen" camino.  Esa vocecita dentro de nosotros que nos debería decir qué está bien y qué está mal, creo, que en nuestro caso, está apagada o fuera de cobertura. Eso, o ha dejado el caso por perdido. En cualquiera de los casos, nuestro pepito grillo ha decidido abandonarnos. Es una bonita manera de definir lo nuestro, ya que no encuentro alguna otra palabreja que exprese mi mundo ahora mismo. Caminar solos es lo que toca. Nuestra forma de vida, sin ninguna vocecita interna que vaya a aconsejarnos. Y ahora, ¿qué? no sé qué hacer... estoy perdida por mucho que me haga la dura y no quiera reconocerlo.
Todo me recuerda al final de un cuento de hadas , en el que, para no variar, nada acaba bien. Siempre fui una persona desastrosa, perezosa, solitaria y... muy observadora. Me fijaba siempre en los detalles más absoletos en los que los niños no solían fijarse. Y no es que sólo me fijara, sino que algunos de esos meticulosos detalles se quedaban archivados en mi cabeza. Pensé en aquellos cuentos que tenía de pequeña en los que había inmensos castillos de princesas y príncipes encantadores que eran la mayoría. Normalmente, en casi cualquier cuento, siempre aparece un castillo. Un castillo amurallado. Fuerte y resistente. Paredes de ladrillo que parecen rascacielos imposibles de escalar, murallas puntiagudas bordeando el total del perímetro del castillo, guardias en cada puerta y en cada sitio de fácil entrada, cámaras de seguridad... ¿Qué más se puede pedir para proteger y asegurar un castillo y todo lo que hay dentro? Con estos obstáculos albergando día y noche, es imposible la invasión de cualquier extraño. Imposible, o casi imposible. No me pareció mala idea sustituir un pepito grillo que nunca tuve por una fortaleza impermeable.
Una lucecita se encendió en el núcleo sesudo de mi enorme cabeza. Si los castillos son invencibles al ser impenetrables, ¿ podría yo también ser inmune con una barrera impermeable, que dejara entrar solamente lo que yo deseara? Así fue cómo formé mi hipótesis central y, de alguna manera, estaba dispuesta a corroborarla costara lo que costara. No sé qué de malo podía tener una cosa que me protegiera de lo demás, de todo aquello que puede hacer daño. Al fin y al cabo, las personas más vulnerables necesitan una pared que les separe del resto. No encontraba inconvenientes acerca del muro, por lo que decidí construírla y ponerla a prueba. En primer lugar, la arquitectura de la misma fue algo relativamente fácil pues sólo me hicieron falta un par de pilares, que correspondían a ciertas ideas convincentes que abordaban la causa o finalidad de esa pared; y algo de tiempo, el justo y necesario para procesar dichas ideas, o lo que es lo mismo, tenía que masticarlas, digerirlas y posicionarlas.
En principio, todo fue bien. O eso quiero creer. Me hice más fuerte, segura, resistente... era lo que siempre había deseado. Pero no sé, había algo que no me dejaba gozar plenamente de ser así. Algo fallaba. No sabía que era. Una cuestión sin respuesta invadía de nuevo mi sesera. No paraba de preguntar sobre si cuando llegara alguien que podría no ser dañino y sí importante sabría reconocerlo y dejarlo entrar a mi castillo. Aún no lo tengo del todo claro. Es lo que pasa cuando construyes un muro alrededor de tu corazón, que te cierras tanto que luego cuando quieres abrirlo, no puedes. Sigues protegiéndote a pesar de que ese alguien puede ser quien te rescate del último piso, de la cima que está sobre la cima más alta del castillo. Tú no sabes salir, o mejor dicho, no quieres... ¿ y qué? Puede que si lo hicieras, el precio a pagar fuera el sufrimiento. Es posible que lo hiciera, la vida sin riesgos no es vida. Siempre hay que arriesgarse pero sabiendo bien lo que te interesa y por lo que vale la pena arriesgar.
...Cuidado con el tamaño y grosor del muro que sembréis, así como de su textura y esencia. Todo, caracterizará lo que es y dejará entrar específicamente lo que con otra configuración de alambrado distinto, no dejaría.

sábado, 10 de noviembre de 2012

En un mar de Posidonias

Con su delicadeza y suavidad, los sueños más imposibles quedan para aquellas personas que no ven que lo imposible es aquello que, tan sólo, requiere un poco más de esfuerzo. El destello del sol sobre las finas olas espumosas, el olor especial de la brisa marina que acaricia y rodea mi cara, agarrándola y aferrándose a ella como si de una cría que aún mama se tratara. Mis pies que, sin querer, acarician la suave arena mientras sienten cómo la tranquilizante y juguetona arena no quiere despegarse y, por unos segundos, forma parte de ellos. Sin darme cuenta, no sólo mis pies y la tierra son uno, sino que todo, en conjunto, lo es. La arena, el mar y el viento que transporta su esencia son partes indisociables de mí.
No me cabe duda que lo mejor está por llegar, por ver, por creer y por sentir. Abrir los ojos, mirar y ver que estás rodeado de todo cuanto querías. Fuera de él era un mundo de por sí, pero dentro, dentro del mar... era un mundo diferente, mi mundo. Así es cómo estos sueños pasan a formar parte de una nueva realidad. Una manera de diferente de ver el mundo... y de vivirlo. Aquello que amamos y dejamos de amar. Aquello que odiamos y dejamos de odiar. Eso otro que nos causa indiferencia o lo de más allá, que, sin más, no se nos ha ocurrido cuestionarnos en la vida. A la izquierda, interrogantes que no significan nada y en su mano derecha, colgando de cada dedo, enigmas deshilachados perdidos por cualquier parte y dispuestos a ser moldeados y configurar lo que está por llegar. Me refiero a aquellos que más anhelamos, sentimos, amamos, deseamos con tanta fuerza que nos ciega la mente, muchos de ellos los quisimos por los siempre de los jamases.
Notar y sentir cada porción de su sutil consistencia rozando tu vientre, como si de caricias se tratara. Girar la vista hacia un lado y ver que tú también puedes tocar, que están ahí... esperando a que les digas algo, o al menos darles un gesto de cariño, un mínimo roze. Ya lo has logrado. Están alboroteando en tu mano y sientes como un pececito diminuto y pequeño puede hacerte alcanzar el cielo, y mira que los peces están en el mar. Así que es difícil. Pero es tal cual lo pongo aquí. Quizá no. Seguro que no. Es imposible describir algo así y menos yo, cateta y número uno en la clase de "quién se expresa peor". El caso, que me voy. Es alucinante. Dejarte llevar por la corriente azul, ver todo lo que el mar alberga y sentirte bien, muy bien, muchísimo mejor que si estuvieras fuera, arriba, con todos los demás... En el mismo mundo del resto de gente.
Verlo todo, con tus propios ojos sin que nadie te diga lo que ves. Estar libre, tú sola, rodeada de toda clase de peces, esponjas, algas, estrellas, erizos, pulpos, morenas y más formas de vida, que ojalá hubiera podido ver , y que más ojalá aún, estén por ver algún día y volver a ver todas aquellas que ya vi. Esa sensación de libertad, de despojo de cualquier problema, remordimiento, de no querer que acabe nunca. Todo es tan afable que lo que menos deseas es que termine. Te olvidas de todo, tanto bueno como malo. El tiempo vuela, para no variar. Siempre que algo nos causa alivio o placer colosal ahí estará el tiempo para indicarnos que todo llega a su fin. Por bueno que sea.