Con su delicadeza y suavidad, los sueños más imposibles quedan para aquellas personas que no ven que lo imposible es aquello que, tan sólo, requiere un poco más de esfuerzo. El destello del sol sobre las finas olas espumosas, el olor especial de la brisa marina que acaricia y rodea mi cara, agarrándola y aferrándose a ella como si de una cría que aún mama se tratara. Mis pies que, sin querer, acarician la suave arena mientras sienten cómo la tranquilizante y juguetona arena no quiere despegarse y, por unos segundos, forma parte de ellos. Sin darme cuenta, no sólo mis pies y la tierra son uno, sino que todo, en conjunto, lo es. La arena, el mar y el viento que transporta su esencia son partes indisociables de mí.
No me cabe duda que lo mejor está por llegar, por ver, por creer y por sentir. Abrir los ojos, mirar y ver que estás rodeado de todo cuanto querías. Fuera de él era un mundo de por sí, pero dentro, dentro del mar... era un mundo diferente, mi mundo. Así es cómo estos sueños pasan a formar parte de una nueva realidad. Una manera de diferente de ver el mundo... y de vivirlo. Aquello que amamos y dejamos de amar. Aquello que odiamos y dejamos de odiar. Eso otro que nos causa indiferencia o lo de más allá, que, sin más, no se nos ha ocurrido cuestionarnos en la vida. A la izquierda, interrogantes que no significan nada y en su mano derecha, colgando de cada dedo, enigmas deshilachados perdidos por cualquier parte y dispuestos a ser moldeados y configurar lo que está por llegar. Me refiero a aquellos que más anhelamos, sentimos, amamos, deseamos con tanta fuerza que nos ciega la mente, muchos de ellos los quisimos por los siempre de los jamases.
Notar y sentir cada porción de su sutil consistencia rozando tu vientre, como si de caricias se tratara. Girar la vista hacia un lado y ver que tú también puedes tocar, que están ahí... esperando a que les digas algo, o al menos darles un gesto de cariño, un mínimo roze. Ya lo has logrado. Están alboroteando en tu mano y sientes como un pececito diminuto y pequeño puede hacerte alcanzar el cielo, y mira que los peces están en el mar. Así que es difícil. Pero es tal cual lo pongo aquí. Quizá no. Seguro que no. Es imposible describir algo así y menos yo, cateta y número uno en la clase de "quién se expresa peor". El caso, que me voy. Es alucinante. Dejarte llevar por la corriente azul, ver todo lo que el mar alberga y sentirte bien, muy bien, muchísimo mejor que si estuvieras fuera, arriba, con todos los demás... En el mismo mundo del resto de gente.
Verlo todo, con tus propios ojos sin que nadie te diga lo que ves. Estar libre, tú sola, rodeada de toda clase de peces, esponjas, algas, estrellas, erizos, pulpos, morenas y más formas de vida, que ojalá hubiera podido ver , y que más ojalá aún, estén por ver algún día y volver a ver todas aquellas que ya vi. Esa sensación de libertad, de despojo de cualquier problema, remordimiento, de no querer que acabe nunca. Todo es tan afable que lo que menos deseas es que termine. Te olvidas de todo, tanto bueno como malo. El tiempo vuela, para no variar. Siempre que algo nos causa alivio o placer colosal ahí estará el tiempo para indicarnos que todo llega a su fin. Por bueno que sea.
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